A pesar de que solo hace unos años que está de moda como destino turístico de playa, Dubrovnik tiene un encanto natural especial, que lo hace atractivo en cualquier época del año. Bajo las riendas del imperio otomano más de lo que le hubiera gustado a esta región croata, al que tuvo que pagar durante siglos para disfrtuar de su libertad, se esconde un paraíso de mar y rocas impresionante.
Pero no solo hay playas en esta ciudad. Su casco antiguo destaca por ser Patrimonio de la Humanida de la Unesco desde 1979, principal herencia de los nombles croatas, pero sobre todo, herencia de siglos y siglos de historia que empieza en las murallas que limitaban la ciudad antigua, construidas entre los siglos XII y XVII, con una superfice de casi 2km y una estructura interesante por su complejidad.
Destacable es la catedral católica de la Ascensión de la Virgen María, de estilo barroco. Esta visita es una buena ocasión para ver de un tirón tanto el puerto como la muralla, ya que quedan muy cerca. Desde allí también se puede ir a disfrutar del agua y plantar la toalla sobre una roca con vistas al Adriático. Llegada la hora de comer, cerca del puerto, es posible disfrutar de los manjares croatas en Lokanda Peskarija. Su buena fama no es gratuita y la atestiguan las largas colas que se forman antes de cada comida o cena. El tiempo de espera suele ser una media hora, pero permite la posibilida de degustar comida casera de la zona por un módico precio, unos 15 euros con bebida incluida.
Volviendo a su centro, los palacios venecianos despiertan el interés de cualquier turista, tanto visitados por dentro, como disfrutados por fuera, tanto por el día, como por la noche alumbrados bajo la tenue luz de las farolas.
Ragusa tiene una amplia oferta para todos los gustos, tanto histórica como playera, así que es posible adaptarse al gusto de cualquier turista. En todo caso, resulta recomendable disfrutar de unos días en la ciudad para descansar y relajarse, sea del modo que sea.